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A pesar del tiempo y la distancia

Estoy en un parque, a unas cuadras de la iglesia del Carmen, en la ciudad de Puebla. Aun recuerdo cuando en épocas de estudiante, cuando iba a la universidad, pasaba seguido por acá. Aun así, fueron poquitas las ocasiones que llegué a sentarme en éste lugar. No sé ni cómo se llama.

Es un lugar tranquilo a pesar de que pasan muchos carros, está en una de las calles principales de la ciudad la 16 de septiembre que llega directo al zócalo de la ciudad. La distancia no es mucha, en realidad es muy cerca que, si vas caminando, no es nada cansado y más a esta hora de la tarde.

En éste lugar conocí a una persona muy especial. Puedo decir que es o fue el amor de mi vida.

Claro, de eso ya pasaron décadas. Si no mal recuerdo, le llevaba como 5 o 6 años, pero si te platico esto, no es para desahogarme, porque no se ha muerto, no sé si siga viva tampoco. Si está muerta, quizá escuche estas palabras, porque, porque sé que muy en el fondo me quería. O eso quiero pensar. O sólo es para mantener ilusionado y latiendo a este viejo corazón.

La conocí hace 50 años en la universidad. La primera vez que la vi, creo que le incomodé, porque no la dejaba de ver hasta que alguien se me atravesó. No recuerdo si era bonita o fea, pero sí recuerdo sus ojos. Esos ojos, nunca, nunca los olvidaré. A menos que la demencia, esa que seguramente me dará antes de morir, me impida recordarlos, como los recuerdo ahora.

Recuerdo que no la estaba pasando bien cuando la conocí. Recuerdo que para iniciar conversación con ella, tuve que escuchar sus problemas y, bueno, no me arrepiento, pero hoy, después de tantos años, pienso, no fue la mejor manera de iniciar, porque eso fue clave para que me viera solo como amigo y nada más.

Aunque ahora que recuerdo, fuimos a varios parques después. Y es al tema al que quería llegar. No sé si esto que cuento llegue a más personas, y sé que después de 50 años, mis consejos, mis consejos no servirán de nada.

Los humanos somos todos distintos, pero a veces, o eso creí en ese entonces, tenía que mostrarme cual era, y no funcionó. En ese entonces, aunque ya era viejo, bueno, no tanto como ahora, me comporté como un adolescente, con mucho respeto, con muchos cuidados hacia ella, cuando debí ser distinto, y por eso quiero contarte, quiero compartir lo que no tienes que hacer si quieres que una persona te quiera. Aunque, si alguien te quiere, te busca, entonces estos consejos no sirven para nada, pero te lo comparto. Tu sabrás si los tomas en cuanta o lo tiras a la basura.

¿Cuántos consejos serán? Pues no sé, vamos contando a ver cuántos salen.

1. Abrázala

Algo que no hice, fue abrazarla. No sabes cómo me arrepiento de no hacerlo. Quizá, sólo quizá, eso hubiera sido la diferencia. No sé dónde esté ahora, pero si lo supiera y le platicara todo esto, seguramente me diría: "No, no fue por eso, recuerda que eres mi mejor amigo hombre".

A veces el miedo al rechazo, invade. Es cierto que el dar un abrazo, a veces es más un síntoma de necesidad de afecto propio y no quería que ella se diera cuenta de eso. Aparentar que era fuerte, me separaba más de ella y el no abrazarle era un mensaje de control o de manipulación esperando a que ella lo hiciera. Esperar, otro tema del que te quiero hablar.

Bueno, soy Psicólogo de los antiguos, hoy la personalidad ya no es tan importante como hace 50 años, hoy las cosas son distintas.

Recuerdo que en los parques donde nos veíamos, parecíamos extraños. Es cierto que intentaba acercarme, pero ella se alejaba. No fui constante en mis intentos. Quizá, sólo quizá, el no abrazarla fue clave para que no se creara un vínculo afectivo distinto a la amistad.

2. Escucharla

En ese entonces pensé que escuchar, era dejarle hablar y oír nada más. No, no fue suficiente. Escuchar es algo distinto. El escucharla era verle a los ojos, y casi no lo hacía. Trataba de no verla a los ojos porque cada vez que lo hacía, le preguntaba si quería ser mi novia me decía que no. Así que el orgullo y coraje eran más fuertes que el amor que sentía por ella. Debí verle más, para escucharla de verdad.

Eran mis pensamientos los que se ponían en contra de lo que sucedía, lo que me provocaba ignorar mis pensamientos, y claro, aun más mis sentimientos, y aun peor, ignoraba mis emociones. El escuchar no sólo era oírle, era también oírme, sentirme a mí y no frenar todas mis acciones por el miedo al rechazo, ese que pensaba me alejaría de ella.

Al final sí me alejé, entonces supe, demasiado tarde, que no tenía nada qué temer.

3. Miedos

En ese entonces era un puño de miedos. Esos miedos justificaban el por qué no demostraba lo que sentía. Los miedos son lo peor que puedes tener y más, cuando amas a alguien. Porque no te dejan ser libre y porque te hacen buscar a alguien que te salve de esos monstruos, y sabes que le estás queriendo dar una carga a la persona que amas y tratas de alejarte, pero a la vez, haces lo mínimo para mantenerte cerca, hasta que es tan doloroso que tienes que alejarte definitivamente, y lo más fácil, o fue así en ese entonces: culparla de no quererme.

Claro, con los años lo veo distinto, pero en su momento me victimizaba. Tenía que superar todos esos miedos antes incluso de conocerla, pero el amor es tan grande que, cuando se siente, es más fuerte que el miedo. El amor sale entre el lodo, pero ese lodo, como arenas movedizas, jala, sumerge al amor de nuevo, y no se puede mostrar, y mucho menos demostrar.

4. Esperar

Aun recuerdo a un gran maestro de vida. En ese entonces me decía cada vez que llegaba a su casa, después de verla: "No esperes nada. Disfruta el momento, pero no esperes nada".

Hasta la fecha tengo conflictos con eso, porque esperar, ha sido la clave para ser feliz, pero ahora que recuerdo a mi buen amigo, pienso que se refería a no suponer que, la otra persona se sacrificará por mí.

¿Era tan importante como para que otra persona se sacrificara por mí? El autoestima que tenía entonces, quizá me hacía pensar que sí. Dentro de "el bichito" que proyectaba hacia ella con chispasos de ser un dragón, había un fantasma que me envolvía y me hacía sentir importante. Sí, era arrogancia pura.

El esperar es una gran trampa. Te hace exigir aquello que la otra persona no está obligada a dar, y cuando lo da, el esperar te hace ciego, insensible a lo que se recibe y se piensa que no es suficiente.

Desafortunadamente eso lo aprendí demasiado tarde.

5. Atreverte

Debí robarle un beso. Debí darle señales más explícitas de afecto. Hacerle saber que no sólo eran mis intensiones, sino que las acciones también cuentan. Todo lo anterior te hace vivir en una especie de castillo en el aire que hace pensar y sentir que las cosas deben pasar mágicamente, algo parecido a los deja vu's donde piensas que lo has vivido, sabes que algo va a pasar y por expectante, no sucede nada.

El atreverse a hacer algo distinto, esa fue la clave para que ella no sintiera lo mismo. Quizá había intensión de intentarlo, pero no daba señales concretas de querer hacerlo. Todo lo anterior sólo daba mensajes de duda, y la duda en el amor, es lo que obstaculiza la construcción del siguiente consejo, y quizá último.

6. Confianza

La confianza, después de muchos años, me di cuenta que es lo más importante para cualquier relación, y la más importante, esa relación llamada "con uno mismo". La confianza no la proyectaba, al contrario, estaba convencido que alguien tenía que provocarla, que hacerla nacer, que motivarla y si no lo hacía, entonces no había razón para hacerlo.

La confianza es compleja, cuando el amor es profundo. Cuando es superficial, hay maneras sencillas para hacerle creer a la otra persona que confíe, se le engaña cuando no es real.

La confianza es como un oasis en el desierto, siempre que se conozca el desierto, y la confianza también es como un paraíso, cuando se sabe cómo llegar y cuándo partir de allí.

Creo me tengo que ir, no me voy, me llevan.

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"No puedo darte más consejos. No sé más o a mi edad no me acuerdo de más cosas".

Es lo último que me dijo mi abuelo, la última vez que lo vi, mientras estábamos sentados en el parque, esperando a la ambulancia. Se había perdido por muchos días. Quizá esa historia, fue parte de los delirios dentro de su agonía.

Por un momento creí hablaba de mi abuela, pero no, a ella la conoció años después, porque mi abuela no estudió Psicología, no era mi abuela, insistió que estudiaba lo mismo que él.

¿Habrá inventado la historia? ¿Por qué fue lo último que dijo antes de morir? No lo sé. En semanas anteriores estaba muy lúcido, más que en los meses anteriores. Pensé que mejoraría de sus problemas de memoria de los últimos años.

He venido a su cuarto. Hay muchos papeles. No hay indicios de la persona a la que dice amaba. No puedo negar que me duele un poco que se haya acordado de otra persona, y esa persona no fuera mi abuela. Pero como él me decía, cuando tuve a mi primera novia y por lo cuál me enojé años con él hasta que le entendí sus discursos de viejo: "El primer amor siempre lo llevarás en el corazón, pero son pocos los que se casan con ese amor, y si lo intentan, se divorcian, y si continuaron hasta el final, era su destino seguir unidos".

No es la primera vez que me daba consejos. Gracias a ellos, no me rendí cuando pude hacerlo, en tiempos de crisis con mi esposa. Incluso lo apliqué con mis hijos y no me va tan mal.

Mi viejo. ¿Cómo se fue a perder durante tantos días? La deshidratación lo mató a sus 75 años.

El poliamor, como bien decía mi abuelo, no es amar a varias personas al mismo tiempo, es amar a una persona toda la vida, aun, cuando no se quede en la propia, propia vida, vida, a pesar del tiempo y la distancia.

Escrito por: @Roberto Coyomani

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