Es interesante la manera en que aprendemos. Algunos necesitan de golpes, otros de porras, algunos de bloquearles sus pensamientos negativos, otros de encaminar sus fantasías, y de más cosas que podría enumerar, pero son interminables porque cada persona es diferente. Parece que es bonito el enseñar, y sí, hasta que los detalles te hacen dudar.
Siempre he enseñado en grupo, me encanta porque a veces se manejan solos, aunque no esté presente. Lo que no me gustó es cuando tomé la enseñanza de una sola persona. Y peor aun, de un adulto. Sí, lo dije bien, lo peor es trabajar con un adulto que con un niño, porque el niño, si no aprende, el papá a uno le da las gracias sin importar que la convivencia con su hijo fue una guerra o una armonía entre maestro y alumno. Pero con el adulto, se convierte a veces en enemigo aun y cuando los dos tienen el mismo objetivo: aprender y enseñar.
Un día me tocó trabajar con un señor de 50 años. Sí, tenía que aprender a escribir a su edad. Al llegar a su casa, me encontré que era una persona adinerada. Se me hizo raro que me pidieran enseñarle a una persona con la habilidad de generar tanto dinero, pero sí, su casa, aunque sencilla, estaba muy bonita. Al llegar a uno de los cuartos, al poner un pie allí, fue como entrar a otro mundo, había infinidad de objetos, la mayoría figuras a escala como barcos, carros, casas, y muchos juegos de destreza. Juegos de mesa, de cartas, en fin, todo de todo. Claro, el señor estaba sentado en una silla frente a una ventana que daba directo a un limonero.
Al llegar saludé. No me contestó. Quien me guió al cuarto donde lo vería, sólo me dijo que se llama Rafael. Le hable por su nombre, pero no me hizo caso. Pregunté si me podía sentar y tampoco hubo respuesta. Así que comencé a acercarme. He de confesar que se sentía una gran paz en ese lugar, pero la tensión la sentía y mucho con la gran resistencia a hablar del señor Rafael.
- ¿Cómo está señor Rafael? - pregunté más cerca, pensando que tenía problemas de oído. No hubo respuesta. Así que continué. - Seré su maestro a partir de hoy. - No hubo respuesta. Pensé incluso que estaba dormido. Me acerqué un poco más a tal grado que vi su rostro. Tenía los ojos abiertos, respiraba, se notaba por el subir y bajar del libro que tenía en sus manos.
Tomé una silla y la puse a un lado y me senté. No le vi a los ojos, sólo observaba el limonero como él lo hacía. Pasaron los minutos, no me di cuenta que pasaron un par de horas. No sentí cómo pasó el tiempo, fue como viajar en el tiempo al ver ese limonero fijamente. Me pregunté si me quedé dormido en algún momento, pero no logro recordar.
Me levanté y me despedí de Don Rafael. Le comenté que tenía planeado verlo dos veces a la semana, pero al verlo con tanta resistencia, sería todos los días, hasta ver un avance. No me respondió. Al salir quien me recibió, me dio un traste con comida. Le di las gracias y al encaminarme a la salida me dijo:
- Gracias. - Sonaba su voz con mucha alegría.
- No he hecho nada aun. - Le contesté.
- Ha hecho mucho, conozco a Rafael. Espero no equivocarme. ¿Lo vemos mañana?
- Sí, a la misma hora. Por cierto, una disculpa por la hora en que vengo, pero no puedo más temprano.
- Es buena hora, no se preocupe.
- Se supone que trabajo sólo una hora con cada persona, me tardé demasiado.
- No se preocupe. Hasta mañana. Muchas gracias.
Y me fui a casa. El sol aun no se metía. Esa tarde la observé muy distinta.
El resto de la semana fue la misma dinámica, no hubo muchos cambios. En la segunda semana, todo fue similar, pero en el día 10 comencé a platicarle cosas mías, esperando una respuesta.
¿Sabe Don Rafael? En estos días que lo he visitado, me he dado cuenta de lo mágico que es ese árbol de limón. Es como ver una gran bola de cristal, pero en lugar de ver el futuro, veo mi pasado y me he dado cuenta, gracias a ese limonero, que aun tengo mucho qué aprender, y que, en lugar de ser el maestro, necesito ser de nuevo un aprendiz.
En ese momento Don Rafael se levantó. Me levanté al mismo tiempo que él. Caminó hacia uno de sus libreros, que yo le diría juguetero porque no tenía libros, y tomó un búho. Puso el libro sobre la mesa y se regresó a su silla. No dijo nada, sólo se acomodó y como en días pasados, comenzó a sostener la figura del búho. Pasaron los minutos, me despedí y me retiré.
Pasaron varios días de la última vez que se levantó y no lo hizo de nuevo. Lo que le platiqué en esos días, no lo motivaron a levantarse. Estaba por darme por vencido, porque lo que creí estaba funcionando, simplemente fue sólo una ilusión. Pensé había logrado algo, pero no fue así. Sobre esa frustración tenía que platicarle a Don Rafael.
Legué, me senté y comencé a ver el limón. Don Rafael tenía el búho en su mano. Respiraba igual que los días anteriores. Estaba callado igual que los días anteriores. Entonces le comencé a decir:
¿Sabe Don Rafael? Pensé que había logrado algo importante con usted la vez que se levantó y dejó su libro sobre aquella mesa y tomó el búho. Pensé que estaba haciendo algo, pero me doy cuenta que no fue así. En varios años que he intentado enseñar a personas a leer y escribir, es la primera con quien he esperado semanas para ver si quiere aprender. Pensaba que yo motivaba a las personas a aprender, pero me acabo de dar cuenta que no, que quizá fueron las personas las que quisieron aprender y coincidía con la manera en que enseño. A veces me pregunto si usted necesita que yo venga.
En ese momento Don Rafael se levantó, dejó el búho en la mesa, fue a un mueble donde sacó una cartera de piel antiquísima. Regresó a su lugar, se acomodó y como con el libro y el búho, tomó en sus manos la cartera y no dijo nada. En ese momento me sentí con gran desesperación y quise salir de allí. Tenía ganas de llorar y no sabía por qué. Al salir, me encontré con quien, supuse era su esposa y me dijo:
- ¿Te encuentras bien? - y me tomó del hombro. - No te vayas así, ten un poco de comida.
- Gracias. - Le respondí. - Quizá no pueda venir pero yo le avisaría unos días antes.
- Lo noto triste. ¿Algo le pasó? - Me observó directamente a los ojos.
- ¡No! - Y las lágrimas salían de mis ojos. - Me voy. Por cierto, gracias por la comida.
- ¿Te gusta la comida?
- ¡Sí! ¡Mucho! - Mientras me limpiaba las lágrimas. - Es una gran chef.
- ¡Gracias! pero eso se lo tiene que decir al chef en persona.
- ¿Cómo? ¿Usted no cocina? - Le pregunté muy extrañado.
- Sí, los primeros diez días lo hice, pero en la última semana fue Rafael quien cocinó.
En ese momento supe que tenía que seguir visitándolo.
Una semana después, y tras platicarle mucho de lo que hacía y cómo mis alumnos lograban cosas, ese día le dije algo distinto, o eso pensé.
Me dan ganas de no cobrarle. Me hace de comer, me escucha. No sé nada de Psicología ni he ido a terapia o psicoterapia, pero siento que le debo y me da pena cobrarle lo de ésta semana. Quizá no deba decirlo, pero mi madre me decía: Si vez que alguien lo necesita, no le cobres, la vida te lo recompensará. Y es cierto. Cuando estuve a punto de irme, porque me sentí frustrado de que no he logrado que nos sentemos en aquella mesa para aprender a leer y escribir, cuando su esposa me dijo que usted cocinaba lo que me daba al salir de su casa, me recordó a mi madre y a las personas que no les cobraba por enseñarles, personas que de alguna manera compensaban eso con darme comida. Hoy me doy cuenta que no fue una manera de pago, sino de agradecimiento.
Don Rafael se levantó, dejo la cartera sobre la mesa y fue a un mueble. Abrió un cajón, sacó una cajita, la abrió y en su interior se observaban dos anillos. Se regresó a su silla. Se acomodó y sostuvo la cajita abierta con los anillos, igual y como lo hizo con el libro, el búho y la cartera.
Pasaron las semanas y me di cuenta que sólo en ciertas pláticas, él se levantaba para dejar un objeto en la mesa y tomar otro. Recordé que esas ciertas pláticas se relacionaban con lo que tenía en su mano. Así que el día que lo visité y le comenté algo referente a los anillos, pensando que se levantaría, no lo hizo. Salí frustrado otra vez, preguntándome para qué estaba allí, si había pasado casi un mes y no había comenzado a dar mis clases. Ese días salí muy molesto y la señora de nuevo me tomó del hombro y me dijo:
- Enojarse es la manera más sincera de saber que algo diferente se tiene que hacer.
- Lo que pasa, es que, cuando creo que descubro algo nuevo e importante, no lo es.
- A veces pasa, cuando le hacemos más caso a nuestra mente que a aquello que nos rodea.
- ¿Cómo? ¡Disculpe! No entendí - Me sentí atacado y aun más molesto y no sabía por qué.
- Ten, espero te guste lo que te preparó Rafael.
- Por cierto. ¡Su esposo cocina muy bien! - Al decirle esto, la señora se quedó inmóvil y sólo dijo.
- Te veo mañana. Y no, no soy su esposa. Rafael, si todo va como hasta ahora, te platicará.
Me quedé sorprendido. ¿No es su esposa? Algo estaba pasando y no me daba cuenta. Al otro día llegué, me senté como todos los días desde que lo empecé a visitar, según a enseñarle a leer y escribir, y comencé a decirle:
Los prejuicicos son los que más me han hecho daño. Ayer le dije a la señora que me recibe todos los días que usted era su esposo, y me dijo que no. Eso me hizo pensar las tantas veces que he supuesto algo y la cantidad de ideas que pasan por mi mente, y que en lugar de preguntar, me quedo con la suposición porque me desespero, no permito que la otra persona me de su respuesta.
En ese momento se levantó, puso la cajita con los anillos en la mesa y salió del cuarto. Me levanté, me asomé y vi que entró en otro cuarto. Al acercarme a la puerta, le dije:
- ¿Puedo pasar? - Y me cerro la puerta frente a mi cara.
No sabía si irme o quedarme. Me regresé a mi silla y me puse a ver el limonero. Pasaron varios minutos, me atrevería a decir que fueron casi dos horas, cuando de repente apareció Don Rafael con una llave. Se sentó, se acomodó y como lo hizo con el libro, el búho, la cartera, los anillos. Puso la llave en sus manos y no dijo nada.
Me levanté, me despedí como todos los días. Bajé, la señora me dio mi comida. Me despedí y me fui pensando ahora con más seguridad que, aquello que le platique mañana, debe tener algo con la llave que tiene en su mano.
Pasaron varios días donde hablaba de analogías, de historias referentes a llaves, de películas, de pasajes bíblicos, y nada. Hasta que un día, le dije lo siguiente:
Sabe Don Rafael, y se lo digo con mucho respeto: "Se parece mucho a una amiga que tuve". Siempre estuve rogándole ser su novio, suplicándole que ella fuera mi novia, pero jamás quiso. Y hoy que se cumplen 5 años desde que me le sinceré, que le dije lo que sentía por ella, me tiene en la "friendzone". Lo último que me dijo fue que no tengo la llave para ser más que su amigo. Y eso es frustrante, porque probé varias y ninguna funcionó. Y aunque había otras que sabía en el fondo de mi ser que funcionarían, me dio miedo utilizarlas o el orgullo me hicieron ignorar esas llaves, y quizá fue eso y no el que ella me rechazara.
El señor se levantó y puso la llave sobre la mesa junto al libro, el búho, la cartera, los anillos. En ese momento se fue a uno de sus cajones y sacó una libreta, la abrió y decía: Dame un abrazo. Abrí mis manos y Don Rafael me abrazó y comencé a llorar como un niño. Don Rafael lloraba, o eso noté en su respiración, como si estuviera sollozando.
Tras el gran abrazo que nos dimos, Don Rafael acercó su silla a la mesa. Me hizo una seña para que acercara la mía al escritorio, y al sentarnos de frente, tomó la libreta y me mostró una de sus hojas donde estaba escrito "Dame un abrazo" la cual estaba rota y pegada con cinta adhesiva. Me le quedé viendo a los ojos y sus lágrimas eran abundantes. Pasó la hoja y decía "Hasta pronto". Se levantó y salió de ese cuarto.
No sabía lo que estaba pasando. Algo era claro. Necesitaba ayuda y después de casi dos meses, me la pidió y no sé cómo ayudarle.
Regresé a mi casa. Comencé a pensar qué importancia tenían esos objetos y por qué Don Rafael esperaba a que yo le contara algo mío para que otro y el anterior lo deja sobre la mesa con el resto. Éste día, que le hablo de un dolor, de un rechazo, se levanta, y se va. ¿Qué significará el libro, el búho, la cartera, los anillos, la llave?
Al siguiente día fui a su casa. La señora me esperaba en frente y me dijo:
Don Rafael no va a estar hoy, pero te dejo algo sobre la mesa, al parecer es una carta, es para ti. "Te dejo en tu casa". Nos vemos mañana, Don Rafael te verá a la misma hora de siempre. Sólo jala la puerta por favor cuando te vayas.
Me dijo al oído: Yo que tú aprovecharía en ver las cosas de Don Rafael para conocerle más. Hasta luego.
Y se fue en el taxi que ya la esperaba.
Entré a la casa y fui directo al cuarto donde estaban las sillas frente al limonero, y encontré que, de todos los objetos que cambiaba, al final se encontraba un sobre. No sabía si tomarlo o no. No sabía si lo tenía que abrir o no. Lo revisé por todos lados y no tenía destinatario. me preguntaba: ¿Qué tenía que hacer?
Tomé el sobre y me lo llevé. Salí de la casa de Don Rafael directo a la mía. Cuando llegué, puse el sobre en la mesa. La puse en contra luz. Le pasé luz negra por si traía mensaje oculto. No había nada. No sabía qué hacer. No sabía porqué me estresaba toda la situación, y más con una persona que ni conozco. No sé nada de él. Él sabe más de mí que yo de él. ¿Qué estaba haciendo allí? No encontré respuesta, me fui a dormir.
Amaneció y al despertar me propuse ir a verle con el objetivo de saber de una vez por todas lo que estaba pasando. Se supone que le iba a enseñar a leer y escribir y no he hecho nada de eso. Estoy preocupándome por cosas que a lo mejor son inexistentes. Es cierto, me he dado cuenta de muchas cosas mías, es como ir con un Psicólogo y sin pagar, al contrario, él me paga por ir.
Al llegar me recibió la señora como siempre. Pasé al cuarto de siempre y Don Rafael no estaba allí. De repente escuché un voz tras de mí.
- Buenas tardes. - Me di la vuelta y era Don Rafael. - Sabes que es de mala educación no presentarte. Ya han pasado meses y no sé cómo te llamas.
- ¿Nunca dije mi nombre? - Me quedé sorprendido, primero porque ya hablaba y porque tenía presente ese detalle que ni yo recordaba que hice: Nunca me presenté. - Buenas tardes. Me llamo Juan.
- Así es. Ya lo sabía. Pero es normal. Si la otra persona no habla, no se presenta, hiciste lo justo. Nunca te dije mi nombre, no me dijiste el tuyo. - Lo dijo sonriendo, casi riendo.
- ¿Habla? - Le tenía que preguntar.
- Sí. ¿Leíste la carta que te dejé?
- No venía con destinatario. No la abrí.
- ¿La trajiste?
- Sí, aquí tiene. - Se la di, y en cuanto la tomó, la abrió y me dijo.
- Siéntate. Te voy a leer la carta que te dejé. En realidad es una carta que te dejó Fany.
En ese momento sentí que la sangre bajaba hasta mis pies y de regreso. Ese nombre es de la amiga que todo el tiempo de frienzonó. Me quedé casi congelado.
- ¡Siéntate! ¿Te sientes mal?
- No. Lo que pasa es que ese nombre es de la chava que le platiqué la última vez.
- ¿Sabes qué es de ella?
- No. Lo único que supe es que se iba a casar con un tal Luis.
- ¡Cómo me cae mal ese nombre!
- A mí también. - Nos reímos los dos y después dijo. - La Fany que conociste, que tanto te rechazó, es mi hija.
Me quedé en shock. No supe qué decir, qué hacer. Simplemente me fui sentando lentamente y me quedé viendo a Don Rafael y fui bajando la mirada poco a poco.
- Esa carta - Continuó Don Rafael. - Esa carta es para ti. ¿Quieres leerla? Aunque te propongo que sea yo quien la lea, porque sigues aun en shock. ¿De acuerdo?. Espero que, conforme escuches lo que dice esta carta, te calmes o llamaré a una ambulancia. La carta dice:
9 de noviembre de 2021
Para: Juan
No nos hemos hablado en años. Sé que no quieres hablarme porque cuando aun lo hacías, te ignoraba. Cuando quise escucharte, creo no me hablaste porque te cansaste. Te diría que lo entiendo, pero la verdad es que no, y no lo entiendo porque pensé que me querías y que estarías todo el tiempo allí, pero mi papá me explicó que no iba a ser así siempre. Él me motivó a escribirte esto.
Quiero regalarte un libro que en realidad es un diario. Allí encontrarás cómo me regañaba a mí misma por no hacerte caso. También quiero regalarte una figurita que sé te gustará mucho, no es de oro, no te emociones. Mi papá es el que tiene dinero, pero es muy codo. También quiero regalarte una cartera con las notitas que me dabas y que yo hacía bolita frente a ti y supuestamente tiraba. No las tiraba, las fui guardando. Éste no es un regalo, porque funcionará mientras siga rentando el departamento mi papá. Te doy la llave de mi departamento para lo que se te ofrezca, sólo te pido que si escuchas ruidos extraños, no entres o esperes unos diez minutos, el que será mi marido no aguanta mucho y espero que sepas a qué me refiero. Si llego y escucho ruidos, no interrumpiré, pero me disculpo de una vez, porque quiero saber si duras más o menos que Luis, porque nunca te animaste a salir conmigo ¿Cómo voy a saber eso?. Y por último unos anillos.
Los anillos sí son de oro. Yo que tú los vendería, a menos que los quieras guardar, pero los tengo porque te los iba a dar, sí, yo te me iba a declarar, frente a ti, te iba a decir que siempre sí te quise y que por enamorarme de un pendejo (en realidad de varios pendejos), te ignoré. Desafortunadamente ese día de la declaración, fue interrumpido por el sujeto con el que me voy a casar, sí, se adelantó a darme el anillo para casarnos, en medio de una plaza frente a muchas personas. Me dio lástima decirle que no. Se lo conté a mi papá y no le gustó nada pero me dijo que hice bien, para no romperle el ego al señorito.
Te doy todo esto, más esta carta, para saber si aun me quieres. Si ya no, no importa, me gané a pulso este rechazo que, aunque no es de frente como debe de ser, con tu ausencia o falta de comunicación sabré de tu "no", sabré que ya no me quieres. Pero para que te cueste un poco decirme que "no", o digas que estoy loca y el "no" sea más contundente, te platico mi plan: Cuando el Juez pregunte si acepto casarme, diré que no.
Espero esta carta la puedas recibir y espero saber tu respuesta.
Te mando besos.
Fany
Al terminar de leer la carta, Don Rafael comenzó a llorar. La señora que siempre me recibía entró y lo abrazó.
- ¿Qué pasa? - Les pregunté. Entonces la señora me dijo.
- Fany murió. Ayer hizo un año exactamente por eso te dejó esa carta Rafael. Pensaba que saldrías corriendo, desesperado, llorando y te esperamos en el carro afuera en caso de que te sintieras mal, pero no, al contrario, te vimos tranquilo. Pensamos que o no la leíste o no te importaba ya nada de Fany. - Continuó la señora hablándome de esa carta. - La escribió un día antes de su boda. Cumplió lo que escribió allí. Cuando el juez le preguntó si quería casarse, dijo que no, salió corriendo, tomó la moto en la que se irían ella y Luís, y se fue. Era muy experimentada para manejar, pero lo que no sabíamos es que, quien iba a ser su esposo, se enteró de la carta, de coraje algo le hizo a los frenos de la moto qué él mismo llevó en grúa al lugar de la boda y por eso Fany se fue al fondo de una barranca donde murió. El asesino estuvo encerrado por unos meses después de que confesó, pero en su celda amaneció ahorcado justo antes de saber su sentencia. Tenía una relación muy toxica con Fany.
Don Rafael no paraba de llorar. La señora lo abrazaba. Yo estaba en shock.
Le pedí la carta a Don Rafael. La leí de nuevo. Todo estaba allí. Me levanté y fui a la mesa donde estaban todos los objetos. Tomé la caja de los anillos y sentí débiles mis piernas, me puse en cunclillas, y comencé a llorar. Los tres llorábamos hasta casi quedarnos sin aliento. Terminamos los tres abrazados.
Cuando nos recuperamos del dolor. Don Rafael me dijo:
- Ahora que lo sabes. ¿Que quieres hacer?
- Vamos a donde está Fany, quiero dejarle un mensaje.
Fuimos al panteón. Fuimos a donde estaban sus cenizas y con el libro en mano, arranqué una hoja que dejaría en su urna y escribí.
Sí te quiero y siempre te amaré.
Escrito por: @Roberto Coyomani
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