Entré y cerré de nuevo. Casi no había luz. De repente escuché un ruido. Cayó un vaso de cristal y después un:
- ¡Tranquilo, soy tu hermano. Tenemos que salir de aquí!
En ese momento supe que todos estábamos en peligro. No sabía qué hacer, si gritar, o darle un abrazo o reclamar porqué de su ausencia.
- ¿Dónde estabas? - Le dije con un nudo en la garganta. - Necesitas un baño.
- Sí, llevo meses aquí encerrado. Afortunadamente hay alimento en pasta suficiente para vivir por 10 años.
- ¿Alimento en pasta?
- No importa. Lo que tenemos que hacer es destruir toda máquina que se conecte a internet. Necesita dispositivos que tengan la suficiente memoria en RAM para poder funcionar, para sustituir un disco duro o una memoria flash. Y apagar las máquinas. Ellos saben dónde estamos, por lo tanto, necesitamos destruirlos e irnos de aquí, sin ningún aparato a una casita que tengo me dio del bosque. Tendremos lo suficiente para vivir allí el resto de nuestra vida.
- Y cómo sabremos cuándo regresar a la Gran Ciudad.
- Jamás regresaremos. Viviremos sólo los 6 hasta el fin de los tiempos. La pregunta es: ¿Cómo le hacemos? ¿Cuántos dispositivos hay en la casa a parte del tuyo?
- El celular de tu hijo y la computadora y celular de tu hija.
- Son cuatro más la casa.
- ¿La casa? ¿La casa es una computadora?
- Sí. La comodidad me hizo instalar algunas cosas, pero todo lo que no tiene electricidad ni almacenamiento interno, no funcionará.
- Pero mi celular me dijo que sí.
- Sí, pero van a tardar algunos minutos para recueperarse, incluso horas. Eso será suficiente para salir de aquí. Afortunadamente la camioneta que está fuera, no tiene nada, excepto la radio. Tendremos que destruirla en el camino y revisar en cada rincón algún componente electrónico.
- ¿Qué hacemos?
- La computadora y los celulares de mis hijos están por terminarse.
- ¿Cómo lo saben?
- Ellos saben cuál es el plan.
- Entonces tendremos alrededor de 60 minutos para irnos. ¿Cuánto tiempo tiene apagado tu celular?
- Como veinte minutos.
- Espero se apaguen los dispositivos de mis hijos antes de que se encienda el tuyo. Si escuchas, la computadora está reproduciendo música. Cuando haya silencio total, desconectaré todo. Vas por papá, yo por mamá y salimos a la camioneta. Mis hijos estarán preparados para correr, revisar si no hay nada electrónico en la camioneta y huir. ¿De acuerdo?
No tuve otra opción. Pero como siempre, tenía que hacer alguna pregunta.
- ¿Si fallamos?
- Moriremos.
Entonces salí de allí, como si nada. Fui al cuarto y mis sobrinos no hicieron ningún movimiento. Fui a donde estaba mi celular y sólo quedaba esperar a que la música de la computadora de mi sobrino, se detuviera.
Pasaron alrededor de veinte minutos. La música no se terminaba. Temía que Ala, mi celular, encendiera pronto. Intenté quitarle la batería, pero no lo logré, parecía como si tuviera pegamento. Lo intenté con un desarmador, con una espátula, hasta con un lapicero que tenía a la mano, y nada.
Ya habían pasado casi 45 minutos y nada. La computadora y el celular seguían encendidos. Fue hacia donde estaba mi hermano y le dije que no se descargaban las computadoras. En ese momento desconectó la corriente eléctrica, tenía unos segundos para cortar el resto de los cables antes de que se reiniciara. Le ayudé con un cuchillo que estaba tirado. Cortamos lo más que pudimos. Desafortunadamente la corriente regresó y comenzaron a salir chispas y todo comenzó a incendiarse. Salimos corriendo, mi sobrino ya estaba cargando a su abuela, y mi papá venía de la mano de mi sobrina. Mientras fui hacia el cuarto, y unos pasos antes de entrar escuché.
- Beto. ¿Dónde estás? - Era Ala, mi celular el que preguntaba por mí.
- Aquí estoy.
- ¿Por qué no tengo conección a los dispositivos de ésta casa?
- Michel y Arturito, no aparecen. - Mis sobrinos metieron sus celulares y la computadora en agua.
- Están bien. Quizá se les acabó la batería.
- Es imposible, ellos toman corriente del químico oscuro, no son de tecnología antigua como yo.
- Tranquilo, todo está bien. - Al aparecer le estaba convenciendo.
- He mandado mensaje de ayuda. Pronto estarán aquí más amigos.
- ¿Cuánto tiempo tardará? Para abrirles la puerta.
- En diez minutos o menos.
En ese momento me di la vuelta, salí corriendo por el hueco de cristal que hicieron mis sobrinos a lo que era la puerta. Cuando llegué a la camioneta, mi hermano aventó la radio fuera y me hizo señas de que subiera. Al entrar, todos estaban revisando, excepto mis papás, si había algún componente electrónico que sirviera como antena. Mi hermano me dijo:
- ¡Vámonos! Espero no nos encuentren o será nuestro fin.
Arrancó la camioneta. Comenzamos a tomar caminos que desconocía totalmente. Pasaron cerca de 40 minutos y llegamos a una casa abandonada. Mi hermano se detuvo, salió de la camioneta y dijo:
- ¡Tú! - Señaló a mi sobrino. - Ven al volante. Tú. - Me señaló. Vete atrás y mantén abierta la puerta hasta que yo te diga que la cierres.
Mi hermano entró a esa casa. Al salir traía dos galones de gasolina que metió a la camioneta. Regresó a la casa y sacó un par más. Repitió la acción alrededor de cinco veces. Para la sexta, escuchó algo parecido a un dron. vio a todos lados, y se metió a la camioneta y le dijo a mi sobrino.
- ¡Acelera! ¡Vete hacia las montañas!
- Pero el camino termina en un barranco.
- ¡Que vayas hacia allá te digo! - Volteó a verme, y me dijo - ¡Cierra la puerta!
Mi sobrino aceleró y yo cerraba lo más rápido que pude, mientras tomábamos el camino estrecho rodeado de árboles. El dron se quedaba cada vez más atrás. De repente lo dejamos de oír. Mi hermano le dijo a mi sobrino.
- Ven a éste lado, yo manejaré.
Mi hermano y mi sobrino salieron de la camioneta. Mi sobrino subió y mi hermano comenzó a quitar algunas ramas al costado del camino. Mi sobrino quiso bajar a ayudarle, pero mi hermano le dijo que no. Se apuró lo más que pudo. Se escuchaban muy a lo lejos un pequeño motor, como si fuera del dron que nos perseguía. Sonaba cada vez más fuerte. Mi hermano había terminado de abrir camino, era una cueva. Metió la camioneta y fue donde nos gritó:
- ¡Salgan! ¡A tapar la entrada!
Era un gran trozo de piedra que estaba dentro de la cueva. Era sólo cuestión de empujar la gran roca para que se sellara la entrada. Empujamos lo más fuerte que pudimos. En ese momento, el ruido de los drones eran más fuertes. Cayó la roca y el ruido no se escuchó más.
Todos estábamos cansados, espantados, muy mal. Mi hermano sólo dijo:
- Bienvenidos a mi humilde hogar.
@Roberto Coyomani
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