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La mentira de la mentira

Hoy tengo una cita con mi ex pareja. En realidad no tendría que decirle así, nos separamos hace diez años, es la madre de mi hijo. Aun lo recuerdo y comienza a doler aquí en el pecho. Le fui infiel, es decir, no sabía si quería estar con ella o no, no por amor, sino por otra cuestión. Por cierto, con ella tuve un hijo se llama Manuel.

Desde que nos separamos la relación con Manuel ha sido muy complicada. Decían mis amigos que me esperara un poco, por lo menos a que cumpliera los 18 años, pero no me sentía bien. He de reconocer que en lugar de ver mis errores, comencé a ver los de ella, pero eran más, cómo decirlo, notorios y aun así, no logro entender por qué no la logro dejar ir.

Me citó en el café donde nos conocimos. ¿Eso es una mala o es una buena señal? Debería de platicar antes cómo inició este posible encuentro. Me llegó un mensaje de Manuel que decía:

Andrés, necesitamos platicar. ¿Podemos vernos? Te espero el domingo a las 11 de la mañana en el café donde nos veíamos antes. Atte: Andrea.

Algo me dice que no tengo que ir, pero no puedo negar que tengo ganas.

- ¿Con quién hablas? - De nuevo mi esposa me descubrió hablando solo.
- Platicando frente al espejo.
- Desde que te dejó eso el Psicoterapeuta, me espantas.
- Disculpa, no debería de hacer esto cuando estés.
- No estaba, acabo de llegar del mercado. ¿Y si me platicas? - Sentí cómo recorría agua fría desde mi cabeza hasta mis pies.
- Recuerdas que el Psicoterapeuta nos dijo que...
- Ya sé. ¡Cada quién tiene sus cosas! - Se fue refunfuñando.

¿Se lo digo? ¿Cómo reaccionará? Siempre he tenido problemas con esto desde que estaba con Andrea, el ocultar este tipo de mensajes fue lo que, desde que éramos novios, la desconfianza ganara. 

¿Qué hago? Es lo que pensaba. Así que tomé aire, y fui con mi esposa y la abracé de la espalda mientras guardaba en el refrigerador lo que había traído del mercado y le dije:

- Sí, está pasando algo. No sé qué tan buena idea sea el que te muestre el mensaje que me llegó el día de ayer. Fue desde el número de Manuel. Sé que puedo confiar en ti, mira.

Le di el celular. Fue hacia la mesa de la cocina. Se sentó y puso el celular sobre la mesa. Comenzó a tomarse el cabello como si se fuera a hacer una coleta. Al final no la hizo, sólo se quedó atrancada en la mesa. Se levantó, fue al fregadero, abrió la llave del agua fría y tomo una poca y se la echó en la cara. Yo, sólo observaba. Me dijo:

- ¿Qué quieres hacer? - No volteó a verme. Tengo que reconocer que me dio miedo, porque hace unos meses no manejaba su enojo como ahora, lo que hacía es tomar lo primero que se encontrara y se iba a los golpes. Prefería salir de la casa y regresar hasta que el enojo le disminuyera.

- No la he visto en años. Pensaba preguntarle si era importante que nos viéramos o  como siempre, me mande mensaje con lo que me iba a decir el día del encuentro.

Mi esposa respiró. Se acercó y sólo me dio un abrazo. y me dijo:

- ¿Sabes que te amo? - Me lo dijo de frente y con los ojos llorosos.
- Sí, y tú sabes que te amo. - Puso su cara sobre mi pecho y comenzó a llorar. En éste tipo de ocasiones, para evitar problemas, le hubiera dicho que no la vería. Pero esperé a escuchar su respuesta. 

Tardó varios minutos llorando. La abrazaba, no podía dejarla así. Pasaron al rededor de 5 minutos, cuando sentí un abrazo muy fuerte y me dijo:

- Ve a verla.
- ¿Pero? - Me sorprendió su respuesta. Siempre termina amenazándome. ¿Algo le pasa?
- Mira. No sé si te conté. Estoy en un grupo de varias señoras. Nos pusimos el nombre de "Celosas Anónimas". Somos amigas y una de ellas conoce a una Psicóloga. Esto ya lo había ensayado allí. En cada intento rompía la cartulina, cartulina que tenía tu nombre por cierto. Hace como un mes, ya no la rompí.

Después de eso, me volvió a abrazar con mucha fuerza. Tenía años que, sabía que si me quedaba era golpe seguro o me tenía que ir de la casa un par de horas. Debo de confesar que esto no es normal, pero me gusta.

- Le voy a confirmar que iré. - Le comenté. - No sé para qué sea, pero supongo es algo importante, tanto para no escribirlo desde el whatsapp de Manuel, mi hijo.
- ¿No tiene tu número? - Me preguntó mi esposa.
- No. Acordamos comunicarnos sólo por el cel de Manuel y que fueran cosas importantes. Para evitar conflictos.
- Entiendo. Pues ponte de acuerdo con Andrea. Me voy a recostar, me siento un poco cansada.

Se fue. Le mandé mensaje a mi hijo confirmando que el domingo iría a ver a su madre.

Llegó el domingo. Mi esposa se levantó muy temprano. Y cuando desperté me dijo que fuéramos a comprar unos tamales, como ya es costumbre. Fuimos, pero a comparación de otros domingos, iba callada. Por lo general me platica lo que le pasó durante la semana. Yo sabía por qué andaba así. No le dije nada, solo la abrazaba y besaba cada vez que podía y veía su rostro y sonreía.

Regresamos a la casa. Comenzamos a preparar el desayuno. Ella estaba preparando unos frijolitos refritos y yo preparaba la infusión de manzanilla. Mientras el agua hervía la tomé de la cintura, comencé a darle besos en el cuello. De repente se dio vuelta, saltó sobre mí, la cargué y nos fuimos rumbo a la recámara. Tuvimos que regresar un instante para apagar la estufa y encaminarnos de nuevo a la recámara, pero nos caímos en medio del pasillo y comenzamos a hacer el amor.

Pasaron los minutos, estábamos abrazados, no queríamos soltarnos. Hasta que vio el reloj y me dijo:

- ¿A qué hora quedaste con la mamá de tu hijo?
- A las 11.
- ¡Levántate! ¡No vas a llegar! ¡Báñate!
- ¡No! Me quiero ir con tu aroma.

Nos abrazamos de nuevo. Nos comenzamos a besar y ella me empujó y me dijo que me fuera o no llegaría a la cita con la mamá de mi hijo.

Llegué a las 11:15 al café. Andrea estaba allí. Por cierto con muy bajo peso. Cuando nos separamos estaba con sobrepeso, y no lo menciono como crítica o con otra intensión, sino que 10 años después la veo muy delgada, tirándole a una persona con anorexia.

Me acerqué a la mesa, la saludé, y no me dijo nada. Le di la mano y la rechazó. Como era mi costumbre, pude salirme del café y sabía que ella iría tras de mí, pero eso lo hacía hace años. Así que preferí sentarme.

Cuando vi su rostro, estaba lleno de lágrimas. La observé y le dije:

- ¿Estás bien?
-...

No dijo nada. Sus lágrimas eran más abundantes. No sabía lo que estaba pasando. De repente tomó su bolsa y sacó una libreta y comenzó a escribir. Mientras le dije:

- ¿Quieres tomar algo?
-...

No me dijo nada. Insistí y me volteó a ver y me dijo con gestos que no, y continuó escribiendo. Sus lágrimas salían cada vez más en cada trazo. 

Llegó la mesera y le pedí un café. Cuando le preguntaron a Andrea, respondió con su mano que no. Y mientras respondía, me daba su libreta y me señalaba con su dedo lo que acaba de escribir. Decía:

Lee en voz alta por favor. Me estoy muriendo. Me operaron hace unos meses la garganta, pensaron era una bolita en mis cuerdas vocales. Encontraron que era cáncer. Y descubrieron que no sólo era en mi garganta, sino en el hígado, el riñón izquierdo y el útero.

Me pidió su libreta, pasó la hoja y me la regresó y señaló de nuevo lo que había escrito:

Mi esposo nunca ha querido a Manuel, lo envió a muchos lugares solo, a estudiar, lejos de nosotros. Ahora que me dijeron que moriré, mi hijo me odia porque lo abandoné por ir con mi esposo. No me quiere ver.

Ella lloraba inconsolablemente. Me pidió su libreta, le dio vuelta a otra hoja y señaló lo que había escrito, decía:

Él te odia también, piensa que por tu culpa todo esto pasó. Ya le expliqué que sí, me engañaste, pero le tuve que confesar algo, para que no te odiara y eso necesito decírtelo también.

Me quitó la libreta, pasó la hoja, señaló lo que estaba escrito y decía:

No lo leas en voz alta por favor. Desde que Manuel tenía 7 años, conocí a una persona que tenía mucho dinero. Cada vez que por tu trabajo te ibas lejos, me decían muchas personas que te ibas porque no me querías y que seguramente tenías mujer por viaje.

Ya no me quitó la libreta, sólo pasaba la hoja:

Comencé a desconfiar de ti cuando no tenía pruebas. Pasaron los años, y un día me dijiste que un día lo harías para que mis sospechas fueran ciertas. Lo cumpliste. Yo no te extrañé, porque me sentía segura con mi amante.

Pasó la hoja:

Mi hijo se fue a la ciudad de México, al inicio conmigo. Después el señor me pidió que me fuera y Manuel se quedó sólo en la ciudad y terminó la preparatoria. Al entrar a la universidad, se juntó con su pareja. Me tocó ver cómo tu hijo la engañaba, pero cada vez que le decía que lo dejara de hacer...

pasó la hoja:

me decía que ni yo ni su padre podíamos decirle algo, si lo hicimos descaradamente y más yo.

Así pasaron 5 años donde su pareja se fue. Me enteré que Lupita, la mató su pareja. Manuel se sintió muy culpable y estuvo a punto de matarse también en su moto. Unos meses después comencé a sentirme mal. El señor, como le digo a mi esposo, me dejó con él. Ya no le servía.

Pasó la hoja:

Sólo iba por mí para ir al médico. Hoy me regresó a Puebla y Manuel está a días de tramitar su titulación y vendrá a cuidarme. Mientras, me ve el chofer del señor, está esperándome en esa camioneta negra.

Pasó la hoja:

Sólo te pido que apoyes a tu hijo. Me prometió que te perdonaría. Sólo quiero pasar mis últimos días, si no juntos, sí en paz. Por eso vengo a pedirte perdón así como tú lo hiciste cuando comenzaste a andar con otra mujer hace 10 años. Perdóname.

Me quitó la libreta. Me apoyé en la mesa. me tomé el café frío que estaba frente a mí. Y le dije: 

- Te perdono. Disculpa si sólo lo digo, pero yo lo supe desde que iniciaste a salir con ese señor. Esa fue la razón por lo que me comencé a alejar de ti. Cuando teníamos sexo, era una experiencia insoportable, y no por ti, sino por todo lo que pasaba en mi cabeza en esos instantes. Te perdoné hace muchos años. Cuando te sientas muy mal, mándame mensaje y mi esposa y yo te iremos a visitar.

- Gracias. - Me mostró su libreta.

Me quería dar un abrazo, pero se lo rechacé. Dejé dinero en la mesa y me retiré.

Al llegar a la casa, mi esposa me esperaba con unas milanezas y un agua de orchata. Me observó y me dijo:

- ¿Hubo motelazo? - Me le quedé viendo muy serio. Respondí.
- No. No llevó condones.

Me dio un manazo en la espalda. Me fui a la sala y me senté. Me quedé inmóvil.

Pasaron unos minutos, y mi esposa me dijo:

- ¡Ya está la comida! - Pero no hice mucho caso. Insistió. - ¡Ya está la comida!

Al ver que no me levantaba, se acercó y me preguntó:

- ¿Esto va a pasar cada vez que veas a mi tocaya?
- No.
- ¿Qué te dijo? ¿Por qué estás como espantado?
- Se va a morir pronto. Tiene cáncer en varias partes de su cuerpo.
- ¿Neta?
- Y quiere que esté allí cuando sea su hora, porque quiere vernos a su hijo y a mí juntos.
- ¿Qué le dijiste?
- Que sí, pero que iría contigo.
- ¡Yo qué culpa!

Y se fue a la cocina. Regresó y sin sarcasmo me dijo:

- ¿Que te dijo de que yo fuera?
- Nada. sólo dijo: Gracias.
- Tengo que confesarte algo. Ella vino hace un par de semanas. No estabas. La vi tan mal que le invite a pasar. Me contó todo. Me preguntó si había problema de que se vieran a solas. Le dije que no.
- Entonces por qué te molestaste.
- Me preocupé de que ella te dijera, bueno, te escribiera que vino antes a hablar conmigoe. Me prometió que no lo haría. Como no lo hizo, sólo por eso, la vamos a ir a cuidar.

Comimos y le hablamos a Andrea. Nos pusimos de acuerdo y la fuimos a ver casi diario a su departamento para cuidarla. Aun recuerdo que la primera vez que llegamos, mi esposa le dijo:

- Hola, soy Andrea, esposa de un pendejo.

Mi ex tomo su libreta y escribió:

- Hola, soy Andrea, la ex esposa de un pendejo.

Reímos, ella sonrió y sólo dije:

- Creo que yo soy el pendejo. ¿Por qué soy el pendejo?

Comenzaron a escribir, hablar, a leer en voz alta el por qué era yo un pendejo. Mi ex no podía reírse mucho, le dolía, pero sonreía.

Pasaron dos semanas. Cada vez se sentía peor. Llegó mi hijo un viernes por la noche. Entró y sólo  nos vio. No dijo nada. Azotó la puerta de su cuarto. Le dijimos a su mamá que era prudente que nos fuéramos. Nos pidió de favor que no lo hiciéramos.

Por la mañana, mientras estaba en la cocina preparándome un café, Manuel se levantó y escuché cómo se acercaba. Escuché que abrió el refrigerador. Tomó algo, y cerró la puerta. No escuché más ruidos. Eso provocó que volteara y Manuel estaba parado, viéndome, y nada más. Me acerqué poco a poco, manteniendo mi mirada con la suya y cuando abrí los brazos, el corrió y nos abrazamos como nunca.

Su mamá comenzó a toser. Mi esposa corrió por agua para darle un poco. Entramos a su cuarto, y nos vio a Manuel y a mí abrazados y sonrió. Tomó su libreta y lo único que escribió fue:

Ve en el cajón, carpeta rosa. Puedo morir en paz.

Cuando terminé de leer, alcé la mirada para verla y su cabeza estaba colgando de su lado izquierdo, con sus ojos llenos de lágrimas y una gran sonrisa.

Abrimos el folder. Venía el número del señor. Y le avisamos que había muerto. Nos mandó todo para el velorio. Él sólo llegó a despedirse de ella, ni buenas noches dijo. murmuró algo sobre la casa y con lágrimas en los ojos, se fue.

Tras la cremación y dejar sus cenizas al panteon, regresamos mi esposa y yo a la casa. Invitamos a Manuel a ir con nosotros, pero tenía que regresar a la Ciudad de México. 

Casi no hablamos. Cenamos. Nos bañamos. Ya en nuestra cama, mi esposa me dijo:

- ¿Crees que a mis 38 años pueda ser mamá? - Me preguntó.
- ¿Crees que a mis 43 puedo ser de nuevo papá? - Le pregunté. Ella se puso sobre mí y me dijo.
- ¡Sólo hay una forma de descubrirlo!

Escrito por: @Roberto Coyomani

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